Puerto de Dover, septiembre de 1806
William Fordyce está vivo. El capitán Fritzwilliam Fordyce está vivo y de regreso a Inglaterra. Toda la familia Fordyce lo espera impaciente, y casi tuvimos que encerrar a Alex en un calabozo para que no fuera a buscarlo. Yo le habría dejado ir, pero después de ver a William en Francia… es mejor que Alex espere; el hombre que llegará dentro de unos días es muy distinto al que se fue hace más de un año.
Nadie creía que siguiera con vida, Dios, si el capitán incluso tiene una tumba en el panteón familiar, pero un halcón encontró una pista y lo rescató justo a tiempo. William no le ha contado a nadie lo que pasó en ese castillo francés, pero a juzgar por la cara que puso Hawkslife cuando se enteró de que el mayor de los Fordyce había estado allí preso, no sé si quiero saberlo. Lo que sí me gustaría saber es por qué mi querido maestro se empeña en mandarme a España o a Francia cada vez que vuelvo a verla. Todavía no sé cómo se llama, ni de qué color tiene el pelo, y ayer la luna brillaba tan poco que ni siquiera distinguí la forma de sus ojos, pero reconocería su olor en cualquier parte. No lleva perfume, huele a verano.
Quizá sea mejor así. Quizá sea mejor que no sepa su nombre, uno no puede echar de menos a quien no conoce, ¿no? Además, ahora no puedo distraerme, tengo que ir a Madrid y hablar con Montoya, y luego me esperan en Saint Brieuc, creo que por fin he encontrado una pista fiable sobre mi padre, mi verdadero padre.
 
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